Cuentos de los Reyes Magos




Cuentos de los Reyes Magos

Los mejores Cuentos de los Reyes Magos

Falta un poco más de una semana para que sea el día de Reyes, por eso te vamos a dejar algunos Cuentos de los Reyes Magos. Esperamos que te gusten y los compartas con tus amigos.

  • Primer cuento de los Reyes Magos:

En la Navidad, cuando los reyes magos van camino de Belén todos los años, van siguiendo una estrella que les sirve de guía.
El 6 de Enero tienen que llegar al portal de Belén para ofrecer sus regalos, y no pueden entretenerse con nada.
Ahora mismo, los reyes magos van de camino hacia Belén, pero les ha surgido un problema…
El camello de Melchor no quería seguir andando, porque decía que el oro que él cargaba era mucho más pesado que el incienso y que la mirra…
El camello de Baltasar también se quejó, de que el incienso que llevaba tenía un olor muy fuerte y que no se sentía a gusto caminando con tanto incienso.
Entonces habló el camello de Gaspar, que dijo: “Camellos de los reyes magos, yo no tengo ningún problema con la mirra que cargo. Pero me ofrezco, para repartir un poco la carga de cada uno, en las alforjas de todos, de esta manera cada uno llevaremos cargas y olores parecidos.”
Así fue como llegaron a un acuerdo, y los reyes magos pudieron disfrutar de su viaje navideño, y seguir su camino hacia el portal de Belén.

FIN

  • Segundo cuento de los Reyes Magos:

Erase una vez un niño muy triste, era un niño meditabundo, muy correcto y educado, pero… no creía en los Reyes Magos.
Lo peor de la cuestión no era que fuera ya mayor, es que nunca había sentido esa ilusión. Para comprender su situación, hay que retroceder un montón.
Eran muchos de familia, siete hermanos: cinco niños, dos niñas; tres adultos: el padre, la madre y el abuelo. Mucha gente, muchos gastos y muchas bocas en el plato.
El niño era el mayor de sus hermanos, por lo menos se libraba de heredar ropa y calzados. Los pequeños de vez en cuando, exigían una mascota, un perro o un gato para tratarlo con cariño: “¡Imposible!”, ese hogar era ejemplo de austeridad, en las comidas no quedaban ni sobras.
La época de Navidad, era un infierno para el chaval. En el camino al colegio, lucecitas y guirnaldas le recordaban que ya se aproximaba: “¡Ay! ¡Qué horror! Y lo peor, casi un mes queda para Reyes, ¡el colofón!”
Siempre recibían los mismos presentes, camisetas, calcetines … y algún que otro cachete. Estaba claro que pasaban estrecheces, pero… al menos… un beso, una caricia o cantar un villancico tal vez los hiciera más ricos. Sin embargo, los mayores confundían el no poder comer pavo, con ser más bien huraños.
El abuelo, ese año, no soportaba más la pena de su nieto, así que haciendo un esfuerzo, le regaló unas monedas: “Toma hijo, cómprate lo que quieras y no pases más pena”
El niño pensó, “tal vez en otro sitio esté mejor”, compró un billete de autobús y se marchó sin decir ni adiós.
“¡Qué tragedia, qué desgracia, el niño nos ha dejado desolados!” “Todo por tu culpa, ¡no tienes disculpa!” El abuelo cabizbajo, callaba por no soltar sapos.
Esas navidades, todos reflexionaron: los padres echaban mucho de menos al pequeño; el abuelo no se arrepentía, sin embargo, de su regalo; los hermanos ni jugaban, ni reían; el niño, pasaba mucho miedo y frío: “aunque mi hogar sea triste y nunca me hayan visitado los Reyes Magos, por lo menos tengo el consuelo de estar con los míos apretujado”.
El cinco de enero regresó, esa noche hubo en la casa regocijo y agitación, cantaron, bailaron y se besaron. Por la noche la madre depositó una poesía de Melchor en la mesita de cada uno de los hermanos.
¡Siempre recordaron el más precioso regalo que recibieron de los Reyes Magos!

FIN

  • Tercer cuento de los Reyes Magos:

Una noche de Reyes, la niña esperaba con ilusión la llegada de los tres Magos de Oriente. Le habían dicho que irían a su casa, montados en caballos, y que le llevarían un regalo, si es que ella se había portado bien. La niña creía, con la inocencia de sus pocos años, que así era. Y sí, desde las calles cercanas se empezó a oír la algarabía de voces, que formaban el cortejo real. Los perros ladraban y ella escuchaba también el sonido de los cascos de los caballos que golpeaban el empedrado. Llegaron los Reyes y la niña salió a la calle a esperarlos con impaciencia y emoción. Con ella, recordando la infancia, estaban sus padres, sus tíos, sus hermanos mayores, sus abuelos y algunos vecinos. Y el Rey Mago llegó, sí, con un paquete, sí; pero apenas le dio tiempo a reaccionar porque le lanzó el paquete como si fuera un cohete y salió gritando que hasta el año que viene. Y la niña se quedó perpleja con el paquete en la mano y el asombro en el rostro. Ni siquiera había sido un Rey de verdad, sólo el paje, y ni un caramelo le había tirado. La niña entró en casa y todos decían que claro los Reyes tenían mucho trabajo y mucha prisa, pero no sabían que la niña había visto que en las casas de la otra manzana, más grandes que la suya y mejor iluminadas, los Reyes llegaban con toda su pompa y esplendor y se dejaban querer un rato por esos otros niños más ricos que ella. Y la niña se preguntó el porqué de esas diferencias y, sin saberlo, esa noche empezó a crecer. Mientras, los Reyes de Oriente verdaderos, los que sabían de sueños e ilusiones y seguían aún en pos de su estrella, se echaron las manos a la cabeza porque no soportaban que nadie los utilizase en balde. Estaban hartos de esos aficionados que los suplantaban y que no les dejaban hacer su trabajo. Esa noche el propio Baltasar, el favorito de la niña, llegó hasta su lecho y le regaló una tregua para su corazón, crecería, sí, pero nunca perdería la inocencia que llevaba dentro. Porque la magia está en el interior.

FIN

Artículos relacionados: